sábado, 30 de agosto de 2008

La niña que me obligó a ser delincuente

En alguna ocasión me dijeron que a los niños no había que pedirles abrazos porque la aridez de sentimientos que solemos tener los adultos puede apropiarse con dolo de la noble sesibilidad de los pequeños, además de que se trata de una manifestación de afecto voluntaria, en la que un simple estrujón forzado del niño se convierte en un mimo deleitoso para los mayores. Pero no me advirtieron de lo que podría suceder si encontraba a alguna chiquita con urgencia de abrazar, con la necesidad de deshacerse del cariño que a sus cortos máximos 5 años se le había acumulado por la falta de beneficiarios, hasta al grado de andarlo regalando a una cualquiera que se animara, al principio de mala gana, a jugar al lobo feroz con ella y que se dejara atrapar para rodearla con sus brazos, jalonearla de la playera y retarla con la mirada para que volviera a escapar para repetir la persecución. Ese sábado así la conocí, se aferraba a mí tan fuerte en cada atrapada regalándome las caricias que a borbotones se le escapaban de las manos, tanto que me forzó a convertirme en una complacida arrebatadora de carcajadas y apapachos, me sentí culpable de robarle a esa niña lo que debió haber sido para quien se anime a enamorarse de ella y llevársela a su casa pero quizá pague mi condena ayudándola en otra ocasión a despojarse de esos arrumacos que tanto le pesan.