En uno de estos últimos días vi una película con algunas de la hormona adolescente, juntas babeábamos por Jim Sturgess. Ellas daban crédito a su apodo; yo, aprobaba su buen gusto. Sin embargo, cuando de pronto, sin anticipación alguna, apareció en Luna Park, con micrófono en mano, Dr. Robert, recordé que mi corazón tiene dueño y aún le sigo siendo fiel.
Oh, my... oh, my... oh, my...
viernes, 19 de diciembre de 2008
miércoles, 10 de diciembre de 2008
Una FIL diferente
Más allá del faroleo de las vedettes literarias, mi experiencia en la FIL se concentró en dos pasillos vistos de prisa, la desilusión del pabellón del país invitado y observar cómo a mi Parlanchina Pediuris se le ha pegado el vicio por los libros. Es la primera vez que esos ojitos eternamente nostálgicos se maravillaron por la cantidad interminable de páginas por hojear ya que en años anteriores, la experiencia literaria no había sido tan placentera: en una ocasión, la más lamentable, después de la caminata excesiva, el reclamo de mi hija en formación fue un regreso por carretera durante 2 horas, sin paradas, con ganas de vomitar reprimidas aún no sé cómo; en otro año, quise comprobar que los talleres infantiles pueden servir de guardería express mientras se revisa un stand cercano, pero a mi encantadora princesita no le pareció así, se aferró de mi cuello y se empezó a ensartar como koala a mi alrededor, no fueron suficientes las cariñosas palabras ni los cuentos que le mostraba la chica que se quedaría a su cargo. Así que fue hasta esta vez que mi Petis descubrió de lo que se trataba el magno evento de las letras y yo con ella.
Y como bonnus track, que en realidad fue el motivo principal y lo mejor de nuestra visita a la Feria, pudimos disfrutar cómo Luis Pescetti con sus chistes, canciones y juegos hace renegar a niños y grandes. 5 días después de haberlo visto seguimos tarareándole al "Niño caníbal", reclamándole a "Angelina" e imitando el ritmo de "merequeté merequeté".
Sin duda, fue una manera distinta de vivir la FIL después de todos los años que me la pasé metida ahí, en tantas facetas diferentes, sólo me resta decir que ésta fue la más auténtica.
Y como bonnus track, que en realidad fue el motivo principal y lo mejor de nuestra visita a la Feria, pudimos disfrutar cómo Luis Pescetti con sus chistes, canciones y juegos hace renegar a niños y grandes. 5 días después de haberlo visto seguimos tarareándole al "Niño caníbal", reclamándole a "Angelina" e imitando el ritmo de "merequeté merequeté".
Sin duda, fue una manera distinta de vivir la FIL después de todos los años que me la pasé metida ahí, en tantas facetas diferentes, sólo me resta decir que ésta fue la más auténtica.
sábado, 22 de noviembre de 2008
Hace diecisiete años...
Qué lejanos son los intereses que podían motivarme en el pasado; ahora son tan ajenos los sentimientos que despertaron una noche de incipiente invierno, que este invierno aún más cruel los ha encontrado en el letargo. ¿Para qué vivir de los recuerdos?, ¿dónde se desenchufa la memoria?, al fin que recordar una fecha solo me recalca lo que se ha perdido. Cómo me gustaría saber a dónde se fue la candidez de actuar por impulsos, ignorando la razón; entender cómo se detiene el tedio de la rutina; adivinar cuándo el cansancio detendrá las interminables vueltas al espiral de este vínculo.
jueves, 9 de octubre de 2008
Para Don Alberto, donde quiera que esté.
Hace 18 años tuve mi primer encuentro cercano con la muerte. Me asustó que una ausencia pudiera provocar tanto abandono, dolor, desamparo; tantas mentes en blanco, miradas al vacío, enmudecimientos estúpidos. Desempolvo esas imágenes guardadas en mi memoria y parece todo aquello como parte de un pasado que tuve en otra vida, como un lejano sueño, quizá; y aunque por la lejanía del hecho percibo ahora a los dolientes directos en una etapa distinta de sufrimiento, aseguro que hay presencias insustituibles, huecos que no pueden taponearse, heridas que no cauterizan...
Pienso en la muerte y caigo en la cuenta que son pocas las pérdidas que he padecido. La más reciente fue un pesar callado disfrazado de fortaleza y resignación, que aún no he terminado de procesar.
El día de la despedida, desde que tomamos Av. de los Maestros empecé a sentir un inevitable revoloteo en el estómago, igual al que me abrumaba en el asiento trasero del coche de mi papá cuando íbamos de visita a esa misma casa, idéntico al que me doblaba las piernas cuando iba caminando desde la universidad a ese domicilio; nunca supe explicar tal nerviosismo, que iba aumentando al entrar al laberinto de las calles de la colonia Independencia y que me obligaba a dar un gran suspiro para bajar mi ritmo cardiaco y poner mi mejor sonrisa antes de tocar el timbre en Mil Cumbres 111. Mi tranquilidad regresaba por completo cuando abría la puerta una figura masculina, que desde mi poca estatura yo siempre vi enorme, fuerte, inquebrantable; se agachaba para saludarme con un tierno beso y anunciaba hacia la cocina, gritando a Doña Maurilia, la llegada de su nieta. Esa bienvenida siempre me hacía entrar en confianza, como si de verdad, se tuviera urgencia de mi visita en ese momento.
Él era el encargado de provocarme las primeras risas con esas burlas irónicas que sólo a él podían ocurrirsele, con las que me insitaba a seguirle el juego, aunque nunca pudiera ganarle alguna porque para eso de las bromas, no hubo quien le ganara.
Me hacía sentir calor de hogar familiar cuando, aunque fuera de noche, mañana o tarde, se desvivía por ofrecerme exóticos menús de agazajos mexicanos que terminaba por cambiar a una lista de sencillas comidas hechas en casa, obligado a dejar de mentirme, por la preocupación de mi abuela de que en una de esas fuera yo a creer que la lista de platillos era verdadera.
Insistía en hacerme burla por la dicción característica de mis coterráneos que ejemplificaba atinadamente con frases cada día más numerosas, con las que me restregaba la diferencia entre nacer en una metrópoli y en un pueblo bicicletero.
A mí me divertía escucharlo siempre de tan buen humor, tan complaciente con su "patrona" a la que cuidaba, procuraba, amaba desde los 19 años y que convenció de que se casara con él, para formar una familia con 9 hijos vivos, que se multiplicaron en otros muchos nietos y dos que tres que cuatro bisnietos, durante 66 años de vida común.
Aunque pasé los últimos años lejana a él, lo recuerdo como si estuviera aún aquí junto a mí, de un lado para otro de la casa, con una gorra puesta -regalo de algún pariente de EUA- en la que se lee sólo Albert (porque la "o" final fue borrada para darle un toque más internacional a su nombre), con chaleco calientito de cualquier color obscuro, camisa a cuadros, echándole porras al Atlas y festejando la visita de la nieta que llevó colgada en una foto por muchos años en un llavero redondito.
Pienso en la muerte y caigo en la cuenta que son pocas las pérdidas que he padecido. La más reciente fue un pesar callado disfrazado de fortaleza y resignación, que aún no he terminado de procesar.
El día de la despedida, desde que tomamos Av. de los Maestros empecé a sentir un inevitable revoloteo en el estómago, igual al que me abrumaba en el asiento trasero del coche de mi papá cuando íbamos de visita a esa misma casa, idéntico al que me doblaba las piernas cuando iba caminando desde la universidad a ese domicilio; nunca supe explicar tal nerviosismo, que iba aumentando al entrar al laberinto de las calles de la colonia Independencia y que me obligaba a dar un gran suspiro para bajar mi ritmo cardiaco y poner mi mejor sonrisa antes de tocar el timbre en Mil Cumbres 111. Mi tranquilidad regresaba por completo cuando abría la puerta una figura masculina, que desde mi poca estatura yo siempre vi enorme, fuerte, inquebrantable; se agachaba para saludarme con un tierno beso y anunciaba hacia la cocina, gritando a Doña Maurilia, la llegada de su nieta. Esa bienvenida siempre me hacía entrar en confianza, como si de verdad, se tuviera urgencia de mi visita en ese momento.
Él era el encargado de provocarme las primeras risas con esas burlas irónicas que sólo a él podían ocurrirsele, con las que me insitaba a seguirle el juego, aunque nunca pudiera ganarle alguna porque para eso de las bromas, no hubo quien le ganara.
Me hacía sentir calor de hogar familiar cuando, aunque fuera de noche, mañana o tarde, se desvivía por ofrecerme exóticos menús de agazajos mexicanos que terminaba por cambiar a una lista de sencillas comidas hechas en casa, obligado a dejar de mentirme, por la preocupación de mi abuela de que en una de esas fuera yo a creer que la lista de platillos era verdadera.
Insistía en hacerme burla por la dicción característica de mis coterráneos que ejemplificaba atinadamente con frases cada día más numerosas, con las que me restregaba la diferencia entre nacer en una metrópoli y en un pueblo bicicletero.
A mí me divertía escucharlo siempre de tan buen humor, tan complaciente con su "patrona" a la que cuidaba, procuraba, amaba desde los 19 años y que convenció de que se casara con él, para formar una familia con 9 hijos vivos, que se multiplicaron en otros muchos nietos y dos que tres que cuatro bisnietos, durante 66 años de vida común.
Aunque pasé los últimos años lejana a él, lo recuerdo como si estuviera aún aquí junto a mí, de un lado para otro de la casa, con una gorra puesta -regalo de algún pariente de EUA- en la que se lee sólo Albert (porque la "o" final fue borrada para darle un toque más internacional a su nombre), con chaleco calientito de cualquier color obscuro, camisa a cuadros, echándole porras al Atlas y festejando la visita de la nieta que llevó colgada en una foto por muchos años en un llavero redondito.
sábado, 20 de septiembre de 2008
martes, 2 de septiembre de 2008
Sin aceleres
De algo estoy convencida: quiero convertirme en personaje de novela de Murakami; vivir sin prisas; tener la palabra simple, la ironía medida, la admiración del panorama; disfrutar de la compañía afable sin urgencias de que termine el tiempo.
sábado, 30 de agosto de 2008
La niña que me obligó a ser delincuente
En alguna ocasión me dijeron que a los niños no había que pedirles abrazos porque la aridez de sentimientos que solemos tener los adultos puede apropiarse con dolo de la noble sesibilidad de los pequeños, además de que se trata de una manifestación de afecto voluntaria, en la que un simple estrujón forzado del niño se convierte en un mimo deleitoso para los mayores. Pero no me advirtieron de lo que podría suceder si encontraba a alguna chiquita con urgencia de abrazar, con la necesidad de deshacerse del cariño que a sus cortos máximos 5 años se le había acumulado por la falta de beneficiarios, hasta al grado de andarlo regalando a una cualquiera que se animara, al principio de mala gana, a jugar al lobo feroz con ella y que se dejara atrapar para rodearla con sus brazos, jalonearla de la playera y retarla con la mirada para que volviera a escapar para repetir la persecución. Ese sábado así la conocí, se aferraba a mí tan fuerte en cada atrapada regalándome las caricias que a borbotones se le escapaban de las manos, tanto que me forzó a convertirme en una complacida arrebatadora de carcajadas y apapachos, me sentí culpable de robarle a esa niña lo que debió haber sido para quien se anime a enamorarse de ella y llevársela a su casa pero quizá pague mi condena ayudándola en otra ocasión a despojarse de esos arrumacos que tanto le pesan.
jueves, 31 de julio de 2008
La vida es buena
La vida es buena cuando me despiertan unos labios suaves y cálidos que se despiden; cuando desde mi cama veo por la ventana que aún no ha terminado de salir el sol y alcanzo con mi mano el libro que dejé la noche anterior; cuando mientras busco el pasaje exacto, acaricio mis pies desnudos con la tibieza de la sábana lentamente, como si intentara reconocer los pliegues que se han formado, cuando la neutralidad de los párrafos me adormila hasta perderme en el letargo, por corto que éste sea; cuando la aprendida tibieza de su mano abierta me cubre más de media espalda y me empuja suavemente a su pecho donde encuentro la tranquilidad para anidarme; cuando abro un jabón nuevo, despegando afanosamente las esquinas del empaque sin deformarlo para aspirar su perfume, manteniendo la envoltura pegada a mi nariz hasta que una irritable picazón me obliga a desecharla; cuando beso la finísima piel de los párpados de esos ojos cansados que me hacen cosquillas al abrirse; cuando logro olvidarme de los de la hormona adolescente y me acuerdo de disfrutar de los mínimos placeres que le devuelven la sensibilidad a mi existencia.
lunes, 21 de julio de 2008
Igualdad de géneros
El sábado pasado fuimos en familia a conocer a un nuevo tripulante de este mundo. Fue una manera extraña de recordar que ese mismo día, sólo que 6 años antes, me encontraba en las mismas circunstancias que la nueva mamá, aunque mucho más favorecedoras, tengo que decirlo, como agradecimiento a la vida -que no a mi pelvis, como insisten en recordármelo, a partir de un pertinente comentario de la ginecóloga-. En el hospital sólo vimos al bebé y al papá, que a unas cuantas horas del título, ya se manejaba muy confiado en esos menesteres del cuidado de un hijo. El chiquito se veía tan vulnerable que hasta la luz del día aún parecía lastimarle los ojos, ya que no podía mantenerlos abiertos por más de algunos segundos. El orgulloso padre nos relató detalladamente desde que surgió la sospecha de que ya era momento de trasladarse al hospital hasta que tuvo al bebé en sus brazos. Sólo que notaba en su relato una empatía con su mujercita que no dejaba de hacerme ruido en la cabeza. Estoy segura que no era intencional ya que ni siquiera él se daba cuenta de lo que decía, y es que con eso de la igualdad de géneros, se ha vuelto tan normal utilizar a diestra y siniestra el pronombre "nos" aunque el verbo que lo acompañe no sea recíproco, ni reflexivo ni recaiga su acción en el hablante y por lo menos en un agregado más, que pareciera que su actual uso se ha convertido en una buena herramienta para enfatizar el insistente -y completamente innecesario- afán de que ahora el hombre y la mujer tienen las mismas obligaciones y responsabilidades; hasta embarazarse, de carga tan femenina, de ser simplemente pronominal, ahora ha cambiado su categoría verbal, probablemente a ¿copulativo? En fin, regresando al relato del novicio, cuando decía algo así como "nos auscultaron, nos revisaron la dilatación, nos ubicaron en la sala de expulsión, aunque finalmente, nos hicieron césarea", no podía dejar de imaginarlo en condiciones que nunca, aunque su conciencia solidaria lo obligara, podrá experimentar. Conste que no soy feminista, ni tengo nada en contra del nuevo papá (a quien respeto y admiro por el apoyo incondicional a la madre de su hijo); es esto un simple reclamo al discurso que se ha generado por la supuesta coparticipación de géneros, pero seamos honestos, habrá siempre sucesos puramente femeninos y otros tantos, exclusivamente masculinos.
Por lo menos yo, aún no sabría cómo arreglármelas en un examen de próstata.
Por lo menos yo, aún no sabría cómo arreglármelas en un examen de próstata.
domingo, 13 de julio de 2008
La acumulación
El Economista Políglota no imaginaría que su idea sobre "El Período de Acumulación" pudiera tener una interpretación tan torcida como la mía, y no precisamente por su manera de explicarla, porque él siempre encuentra la forma más elocuente para manifestar sus pensamientos, y el tono más sútil para hacerme imaginar que algunas irrealidades tan lejanas, pueden estar al alcance de mi mano.
Para él, que es un hombre inteligente, que dedica su tiempo a las estadísticas, a los números y a las objetividades monetarias, acumular es un sinónimo de previsión económica, un cálculo para que sus proyectos sean reales, así que el acopio no sólo está permitido sino es indispensable; para mí, que soy una empedernida de la acumulación, haber concluido esto último fue la justificación perfecta para mi afanoso almacenamiento de cosas inservibles de las que me rehuso a desprenderme, como las fotos de mi salón de kinder donde aparece mi compañerito del que me enamoré, -un niño callado que aún no puedo sacarme de la cabeza, dicho sea de paso- o las copias del curso de Shybia que juro volveré a leer para ver si ahora sí las entiendo, o un colchón viejo, usado por los albañiles que construyeron la casa nueva, que se quedó por ahí algunos meses después de que ellos se fueron porque mi conciencia ecológica no me dictaba dónde tirarlo. Así que agradezco profundamente a mi querido Economista Políglota que con su idea me haya evitado el sufrimiento de tirar algunas de las cajas llenas de triquitos que ya no tienen cabida ni en mi casa ni en mi vida, y que su presencia sólo me confirma que no puedo evitar anclarme en el tiempo y sobre todo, que soy una fuerte candidata para padecer el Síndrome de Diógenes en un futuro.
Para él, que es un hombre inteligente, que dedica su tiempo a las estadísticas, a los números y a las objetividades monetarias, acumular es un sinónimo de previsión económica, un cálculo para que sus proyectos sean reales, así que el acopio no sólo está permitido sino es indispensable; para mí, que soy una empedernida de la acumulación, haber concluido esto último fue la justificación perfecta para mi afanoso almacenamiento de cosas inservibles de las que me rehuso a desprenderme, como las fotos de mi salón de kinder donde aparece mi compañerito del que me enamoré, -un niño callado que aún no puedo sacarme de la cabeza, dicho sea de paso- o las copias del curso de Shybia que juro volveré a leer para ver si ahora sí las entiendo, o un colchón viejo, usado por los albañiles que construyeron la casa nueva, que se quedó por ahí algunos meses después de que ellos se fueron porque mi conciencia ecológica no me dictaba dónde tirarlo. Así que agradezco profundamente a mi querido Economista Políglota que con su idea me haya evitado el sufrimiento de tirar algunas de las cajas llenas de triquitos que ya no tienen cabida ni en mi casa ni en mi vida, y que su presencia sólo me confirma que no puedo evitar anclarme en el tiempo y sobre todo, que soy una fuerte candidata para padecer el Síndrome de Diógenes en un futuro.
jueves, 10 de julio de 2008
martes, 8 de julio de 2008
Como las magdalenas de Proust
A pesar de tener la costumbre de caminar observando del piso a no más arriba de la altura de mis ojos, no suelo encontrar cosas llamativas a mi paso, quizá por mi baja capacidad de búsqueda ocular o por mi pérdida de asombro con los objetos triviales. Pero esa vez fue distinto, en esta tierra donde el panorama vegetativo se reduce a nopales, huizaches y tristísimos sauces llorones, no podían pasar desapercibidas esas pequeñísimas lanceoladas semillas secas, tratando de subsistir en el lodo, que según Pera, son los aretitos que sirven para distinguir a los árboles femeninos de los masculinos. Entonces, de inmediato subí la mirada con la convicción y la gran sorpresa de que en ese lugar había un fresno; en automático, esas figuritas puntiagudas me trasladaron, varios años atrás, a un patio de Gladiola #58, donde crecía sin miramientos el árbol más frondoso de la casa, muy a pesar de las tantas discusiones que causaban sus interminables hojas caídas en el otoño esperando ser barridas diariamente, sus largas ramas invadiendo el pulcrísimo jardín del vecino y las gruesas raíces que nunca han dejado apresarse por ningún tipo de piso. Con más de 32 años de vida, sigue ahí, haciendo de la temperatura de la casa un paraíso en verano aunque un suplicio en invierno. Es muy probable que las paredes que lo encuadran se desgasten, incluso desaparezcan porque bien lo advirtió el que lo plantó: "A ese árbol nadie lo tumba".
domingo, 6 de julio de 2008
Redefinir la S
El significado absoluto de las palabras no existe: nunca, siempre, todo, nada son ambiciones irreales, carecen de un sentido totalitariamente abarcador. Por eso, será bueno redefinir los límites de la "s".
jueves, 3 de julio de 2008
Eres tan transparente...
Te conozco más de lo que puedes conocerte a ti mismo. Una vez te hablé de tu sentimientos, esos que tal vez negaste para no lastimarme o quizá, verdaderamente aún te eran desconocidos. Con el paso de los días has confirmado que eran ciertos. De nuevo, tenía razón y no me creiste.
viernes, 13 de junio de 2008
A veces, también optimista
Recordé lo disfrutable de las cosas más sencillas, las que olvido de inmediato a pesar del placer que me causan, las que gozo por breves instantes e insisto en apresarlas con los ojos cerrados. Reviví los sueños que de vez en vez empalmados me saturan el pensamiento queriendo cobrar derecho de piso. Hoy, mis deseos, por algún momento quisieron escapárseme por los ojos brillando esperanzados, ingenuos por la falacia de convertirse en necesidades. Mañana...con seguridad, volverá el tedio.
jueves, 22 de mayo de 2008
Run out
Qué confusos son los sentimientos de repente. Entre más seguridad se tiene de las relaciones, más tardado es encontrar la inevitable grieta que va resquebrajando silenciosamente la confianza. Sin embargo, siempre aparece, quizá a veces tan tarde que resulta dolorosamente irreparable; otras veces, es apenas un fisura imperceptible, que se va parchando con la indiferencia. No puedo aparentar más, ando escasa de unidor.
jueves, 15 de mayo de 2008
Espejo de luna
Según la charlatanería de los horóscopos, por ser cáncer, mis emociones, mis sentimientos y mi vida entera seguramente, están regidos por la luna. Nunca había hecho caso, hasta que un día me sentí tan delgadita, tan frágil que creí estarme reflejando en la noche. Era un semicírculo perfecto, un minucia brillante que hipnotizaba. Hubiera querido haberte hecho un guiño para que voltearas al cielo, aunque fuera de reojo
jueves, 24 de abril de 2008
Amores que matan nunca mueren
Pensaste haber cometido el error de creer que las historias de amor duraban. No es que no perduren, así subsisten, simplemente evolucionan, sobreviven; es la ley de todo lo que presume tener vida. Es por eso que con tu casi imperceptible sonrisa muequeante me recuerdas la causa por la que te encuentras debajo de mis sábanas, sobre mi cama, a un lado de mi cuerpo.
sábado, 12 de abril de 2008
Domingos
Los domingos han dejado de ser días de despedidas. Ya no llueve, ya no hay carreteras, se oyen sólo apologías al ocio compartido.
miércoles, 26 de marzo de 2008
Siempre callado
Tu silencio es un vacío de palabras que retumba en mi oído sediento de voz; es un asalto a mi tolerancia por la escacez de tus letras; es una invasión sorda que irrumpe hasta secar el caudal de sonidos.
Es también la ausencia de quimeras que me escalda las ganas de reinventarte; es la asfixia de pensamientos aprisionados, el ahogo de ideas monologadas.
Cuando tu silencio es obligado, aunque duela, lo asumo; cuando es elegido, se impone, aunque abre la deliciosa oportunidad para corromperte.
Es también la ausencia de quimeras que me escalda las ganas de reinventarte; es la asfixia de pensamientos aprisionados, el ahogo de ideas monologadas.
Cuando tu silencio es obligado, aunque duela, lo asumo; cuando es elegido, se impone, aunque abre la deliciosa oportunidad para corromperte.
miércoles, 19 de marzo de 2008
Mucho aire
Con el aire colándose por mi pantalón, recuerdo algunas de mis articulaciones olvidadas; en especial las rodillas, que las siento propias solo con los achaques del frío. Todos mis sentidos se agudizan, no me extrañaría que empezaran a caer unas cuantas gotas de lluvia, aunque por la época del año sería un tanto improbable. Pero si por el norte inhalaron un ambiente de hasta 450 por millón de partículas contaminantes, una llovizna por acá, hasta nos vendría bien.
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