jueves, 9 de octubre de 2008

Para Don Alberto, donde quiera que esté.

Hace 18 años tuve mi primer encuentro cercano con la muerte. Me asustó que una ausencia pudiera provocar tanto abandono, dolor, desamparo; tantas mentes en blanco, miradas al vacío, enmudecimientos estúpidos. Desempolvo esas imágenes guardadas en mi memoria y parece todo aquello como parte de un pasado que tuve en otra vida, como un lejano sueño, quizá; y aunque por la lejanía del hecho percibo ahora a los dolientes directos en una etapa distinta de sufrimiento, aseguro que hay presencias insustituibles, huecos que no pueden taponearse, heridas que no cauterizan...
Pienso en la muerte y caigo en la cuenta que son pocas las pérdidas que he padecido. La más reciente fue un pesar callado disfrazado de fortaleza y resignación, que aún no he terminado de procesar.
El día de la despedida, desde que tomamos Av. de los Maestros empecé a sentir un inevitable revoloteo en el estómago, igual al que me abrumaba en el asiento trasero del coche de mi papá cuando íbamos de visita a esa misma casa, idéntico al que me doblaba las piernas cuando iba caminando desde la universidad a ese domicilio; nunca supe explicar tal nerviosismo, que iba aumentando al entrar al laberinto de las calles de la colonia Independencia y que me obligaba a dar un gran suspiro para bajar mi ritmo cardiaco y poner mi mejor sonrisa antes de tocar el timbre en Mil Cumbres 111. Mi tranquilidad regresaba por completo cuando abría la puerta una figura masculina, que desde mi poca estatura yo siempre vi enorme, fuerte, inquebrantable; se agachaba para saludarme con un tierno beso y anunciaba hacia la cocina, gritando a Doña Maurilia, la llegada de su nieta. Esa bienvenida siempre me hacía entrar en confianza, como si de verdad, se tuviera urgencia de mi visita en ese momento.
Él era el encargado de provocarme las primeras risas con esas burlas irónicas que sólo a él podían ocurrirsele, con las que me insitaba a seguirle el juego, aunque nunca pudiera ganarle alguna porque para eso de las bromas, no hubo quien le ganara.
Me hacía sentir calor de hogar familiar cuando, aunque fuera de noche, mañana o tarde, se desvivía por ofrecerme exóticos menús de agazajos mexicanos que terminaba por cambiar a una lista de sencillas comidas hechas en casa, obligado a dejar de mentirme, por la preocupación de mi abuela de que en una de esas fuera yo a creer que la lista de platillos era verdadera.
Insistía en hacerme burla por la dicción característica de mis coterráneos que ejemplificaba atinadamente con frases cada día más numerosas, con las que me restregaba la diferencia entre nacer en una metrópoli y en un pueblo bicicletero.
A mí me divertía escucharlo siempre de tan buen humor, tan complaciente con su "patrona" a la que cuidaba, procuraba, amaba desde los 19 años y que convenció de que se casara con él, para formar una familia con 9 hijos vivos, que se multiplicaron en otros muchos nietos y dos que tres que cuatro bisnietos, durante 66 años de vida común.
Aunque pasé los últimos años lejana a él, lo recuerdo como si estuviera aún aquí junto a mí, de un lado para otro de la casa, con una gorra puesta -regalo de algún pariente de EUA- en la que se lee sólo Albert (porque la "o" final fue borrada para darle un toque más internacional a su nombre), con chaleco calientito de cualquier color obscuro, camisa a cuadros, echándole porras al Atlas y festejando la visita de la nieta que llevó colgada en una foto por muchos años en un llavero redondito.

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