martes, 8 de diciembre de 2009
¿Qué hay detrás de las puertas de junto? II
Al llegar a mi segunda ciudad adoptiva, de pronto me vi instalada en una -muy alargada y angosta- céntrica privada de departamentos viejos. Y para variar, los especímenes, digamos, poco comunes no faltaron. A mí me correspondía el depto. marcado con el número 5, aunque en realidad era el sexto en la fila, ya que el conteo de las viviendas comenzaba con un enigmático cero, donde habitaba una misteriosa familia conformada por una pareja, ya un tanto mayor; un joven que resultaba ser hijo de la mujer, mas no de su hombre, por lo menos no de ése; un adolescente de una exagerada delgadez y la madre del chico, -hermana de la señora de la casa-, aunque había la posibilidad que estos últimos sólo pernoctaban en el lugar cuando era demasiado tarde para irse a su propio hogar, en caso de que lo hubieran tenido; y además, un perro. En el transcurso de los 5 años que viví en ese domicilio, fui testigo del empeoramiento de la salud, tanto mental como física, de la mujer mayor. A ella le gustaba conocer a los vecinos, más de alguna vez me visitó, pero no eran vistas de cordialidad, sino de saqueo. Hasta que me vi obligada a negarle cualquier préstamo del teléfono, alguna verdura de mi refrigerador y ni se diga, billetes de mi bolsillo, por lo abusiva que estaba resultando la señora. Al principio, sospechaba de un desorden mental en su cabeza porque sus pláticas no eran del todo coherentes, pero la disculpaba por la edad o porque simplemente fuera distraída. Con el tiempo confirmé que algo no muy sano pasaba por su mente, cada vez la veía más sucia, más temblorosa y más temerosa de su marido, que no le permitía salir en su ausencia, ¡quién sabe qué mañas le conocía para evitar que las anduviera esparciendo por la colonia! La verdad es que después, su urgencia era conseguir dinero, con quien fuera y como fuera. A mí llegó a ofrecerme carpetitas tejidas amarillentas y olorosas a neftalina, haciendolas pasar por recien hechecitas, como salidas del horno.
viernes, 20 de noviembre de 2009
Un estudio geométrico de su ausencia
Ellos son sólo tres. Si los aislo, puedo reconocer sus más sutiles peculiaridades, ésas que pasan desapercibidas para los indiferentes. Si los conecto entre sí, conforman un plano, una representación esquemática en diversas dimensiones, en un tiempo y un espacio más lejano cada vez. Por ellos determino mi propia posición, al sujetarme de las líneas coordenadas paralelas a sus intersecciones mutuas.
Los extraño, juntos o separados, quiero verlos para resolver por medio del cálculo, ciertos problemas de nuestra extensión.
Los extraño, juntos o separados, quiero verlos para resolver por medio del cálculo, ciertos problemas de nuestra extensión.
lunes, 16 de noviembre de 2009
¿Qué hay detrás de las puertas de junto? I
A lo largo de las mudanzas, me he encontrado de pronto instalada al lado de vecinos que se han caracterizado por su peculiaridad. Durante mis primeros 17 años, viví junto a un energúmeno que su dinero y sus muy frecuentes borracheras le daban el valor de sacar el rifle de sus cacerías para correr a los infantes que osabamos pisar un lote frente a su casa convertido en un tentador jardín, accesible a cualquier peatón. Nunca pasó de la corretiza, de menos de una cuadra, a grito abierto, de los valientes, prevenidos por la hada Celia que se adelantaba a avisar a los intrusos que su patrón ya estaba poniéndose los zapatos, que ya estaba bajando las escaleras, que ya estaba buscando las llaves, que ya estaba abriendo la puerta, que ya estaba ahí para darnos de plomazos.
Un par de años después, cuando por primera vez viví sola, una adorable vecina, maestra de primaria jubilada, con una espléndida memoria pero con vista y oído en decadencia, pasaba las tardes en su reja enfocando con un pequeño orificio que su mano casi empuñada formaba, impidiendo así que la abundancia de luz exterior le obstaculizara la visión. Estaba siempre de pie, frente a mi casa, enfocando. Yo me preguntaba qué tanto podía observar hacia mi solitaria cochera y mi terregosa jardinera vacía, hasta que un día, tocó a mi puerta para avisarme que la basura pasaba todas las mañana como a eso de las 11 -información que yo ya conocía y que procuraba diariamente tomar en cuenta-. Ese día, al agradecerle su amabilidad, le di pie para que me llamara cada vez que me veía salir de casa para invitarme a platicar con ella. Le gustaba recitarme los poemas que hacía que aprendieran sus alumnos para festejar los 10 de mayo, homenajear a la bandera o recordar cualquiera de las más inverosímiles efemérides que insisten en celebrar en las escuelas con un flamante acto cívico. También insistía en hacerme quedar en ridículo presumiéndome que podía recitar las tablas del 13, del 14 y alguna vez hasta la del 17, con impresionante rapidez y exactitud. Ella me insistía en que pasara a saludarla con frecuencia ya que le preocupaba que una jovencita estuviera sola en una casa tan insegura, lo que para mí era un reflejo de su anhelo de tener un receptor de las vivencias de sus años en servicio. Quizá ambas negabamos nuestra necesidad de compañía y nos culpábamos una a la otra de necesitarnos para pasar unas horas platicando de vez en cuando. Un par de años después de dejar esa casa, la encontré sentada en el puesto de cocos de su compadre, cerca de la Prepa 1, en el Centro. Ella ya llevaba un buen rato de haberse cambiado de domicilio, gracias a que su único hijo -adoptivo, por cierto- había vendido su casa y la había depositado "de mientras" en el departamento de su nieta mayor, para dizque esperar que le entregaran una monada de casita que le había comprado a cambio de ese hogar que ella y su marido habían formado. Tiempo después, la volví a ver, en el mismo puesto, con el mismo compadre y quién sabe si hasta con los mismos cocos, pero me confesó que su nieta le había pedido que buscara otro lugar dónde vivir porque sus horarios no coincidían y eso le causaba muchos problemas. A la pobre vieja no le quedó más que pedirle al compadre de los cocos que le diera asilo en su casa, además de que ya la había aceptado de compañía durante el día, mientras ella mataba las horas sin quehacer esperando que su "amorosa" nieta la recogiera al salir de su trabajo. Después, ya no volví a ver el puesto.
Más adelante, en otra mudanza, llegué a una casona vieja, que de tan grande, había sido separada formando así una especie de vecindad de pocos inquilinos: una señora con su hija adolescente, un par de hermanos solterones y nosotros, mi hermanito y yo, que en ese entonces habíamos decidido emanciparnos de nuestra anterior room mate -que merece una mención aparte-. Nuestra parte era la que tenía mayor frente, dos plantas y un patio rodeado de una que otra habitación; del balcón de las recámaras -piezas, les llamarían los originales dueños- se veía el trajín de nuestros vecinos. Al hermano varón lo encontrábamos siempre sentado al pie de nuestra entrada, en unos escalones pequeñitos, que no se daban a vasto para su volumen, había ocasiones en que teníamos que brincarle un brazo, una pierna o ambos, para poder entrar a la casa. Tenía, al igual que su hermana, un problema de lenguaje, por lo que en el barrio los llamaban "los muditos". Era un tanto irónico porque era un par al que no le paraba la boca, aunque sólo se les entendiera una tercera parte de lo que decían. Ellos ocupaban la parte más pequeña de la casa, en una planta baja, después de un largo, angosto y obscuro pasillo que desembocaba en tres cuartitos, comunicados entre sí. La planta alta de esa parte de la residencia la ocupaba una señora y su hija, la peculiaridad de ellas es que la primera salía; la segunda, no, a menos que fuera por órdenes de su madre y siempre con ella. La menor aprovechaba sus pocas salidas para arreglarse, (quizá más de la cuenta) para lucir bella, (quizá un tanto exagerada), hasta rayar en lo absurdo con ese maquillaje exagerado, accesorios sobrados y moda extrañamente dispar. La mayor, en su papel de protectora, caminaba adelante de la hija, con una postura rígida, decidida y una expresión amenazante. Andaban ambas a un paso firme y rápido, la de atrás con un poco más de soltura, que disimulaba cuando una esquina la obligaba a emparejarse a su guía. Los que se topaban con ellas debían dejarles espacio libre para pasar, así de fuerte era su pujanza, eso por una parte y por la otra, que la dirigente en cada movimiento, dejaba ver un grueso palo que no dudaría en utilizar contra cualquier ente que se atravesara en su camino. Ella era "la loca del palo", según los que le conocían por la zona. Yo nunca la vi usarlo pero no entiendo qué otra finalidad le daría, si no la defensa personal.
Un par de años después, cuando por primera vez viví sola, una adorable vecina, maestra de primaria jubilada, con una espléndida memoria pero con vista y oído en decadencia, pasaba las tardes en su reja enfocando con un pequeño orificio que su mano casi empuñada formaba, impidiendo así que la abundancia de luz exterior le obstaculizara la visión. Estaba siempre de pie, frente a mi casa, enfocando. Yo me preguntaba qué tanto podía observar hacia mi solitaria cochera y mi terregosa jardinera vacía, hasta que un día, tocó a mi puerta para avisarme que la basura pasaba todas las mañana como a eso de las 11 -información que yo ya conocía y que procuraba diariamente tomar en cuenta-. Ese día, al agradecerle su amabilidad, le di pie para que me llamara cada vez que me veía salir de casa para invitarme a platicar con ella. Le gustaba recitarme los poemas que hacía que aprendieran sus alumnos para festejar los 10 de mayo, homenajear a la bandera o recordar cualquiera de las más inverosímiles efemérides que insisten en celebrar en las escuelas con un flamante acto cívico. También insistía en hacerme quedar en ridículo presumiéndome que podía recitar las tablas del 13, del 14 y alguna vez hasta la del 17, con impresionante rapidez y exactitud. Ella me insistía en que pasara a saludarla con frecuencia ya que le preocupaba que una jovencita estuviera sola en una casa tan insegura, lo que para mí era un reflejo de su anhelo de tener un receptor de las vivencias de sus años en servicio. Quizá ambas negabamos nuestra necesidad de compañía y nos culpábamos una a la otra de necesitarnos para pasar unas horas platicando de vez en cuando. Un par de años después de dejar esa casa, la encontré sentada en el puesto de cocos de su compadre, cerca de la Prepa 1, en el Centro. Ella ya llevaba un buen rato de haberse cambiado de domicilio, gracias a que su único hijo -adoptivo, por cierto- había vendido su casa y la había depositado "de mientras" en el departamento de su nieta mayor, para dizque esperar que le entregaran una monada de casita que le había comprado a cambio de ese hogar que ella y su marido habían formado. Tiempo después, la volví a ver, en el mismo puesto, con el mismo compadre y quién sabe si hasta con los mismos cocos, pero me confesó que su nieta le había pedido que buscara otro lugar dónde vivir porque sus horarios no coincidían y eso le causaba muchos problemas. A la pobre vieja no le quedó más que pedirle al compadre de los cocos que le diera asilo en su casa, además de que ya la había aceptado de compañía durante el día, mientras ella mataba las horas sin quehacer esperando que su "amorosa" nieta la recogiera al salir de su trabajo. Después, ya no volví a ver el puesto.
Más adelante, en otra mudanza, llegué a una casona vieja, que de tan grande, había sido separada formando así una especie de vecindad de pocos inquilinos: una señora con su hija adolescente, un par de hermanos solterones y nosotros, mi hermanito y yo, que en ese entonces habíamos decidido emanciparnos de nuestra anterior room mate -que merece una mención aparte-. Nuestra parte era la que tenía mayor frente, dos plantas y un patio rodeado de una que otra habitación; del balcón de las recámaras -piezas, les llamarían los originales dueños- se veía el trajín de nuestros vecinos. Al hermano varón lo encontrábamos siempre sentado al pie de nuestra entrada, en unos escalones pequeñitos, que no se daban a vasto para su volumen, había ocasiones en que teníamos que brincarle un brazo, una pierna o ambos, para poder entrar a la casa. Tenía, al igual que su hermana, un problema de lenguaje, por lo que en el barrio los llamaban "los muditos". Era un tanto irónico porque era un par al que no le paraba la boca, aunque sólo se les entendiera una tercera parte de lo que decían. Ellos ocupaban la parte más pequeña de la casa, en una planta baja, después de un largo, angosto y obscuro pasillo que desembocaba en tres cuartitos, comunicados entre sí. La planta alta de esa parte de la residencia la ocupaba una señora y su hija, la peculiaridad de ellas es que la primera salía; la segunda, no, a menos que fuera por órdenes de su madre y siempre con ella. La menor aprovechaba sus pocas salidas para arreglarse, (quizá más de la cuenta) para lucir bella, (quizá un tanto exagerada), hasta rayar en lo absurdo con ese maquillaje exagerado, accesorios sobrados y moda extrañamente dispar. La mayor, en su papel de protectora, caminaba adelante de la hija, con una postura rígida, decidida y una expresión amenazante. Andaban ambas a un paso firme y rápido, la de atrás con un poco más de soltura, que disimulaba cuando una esquina la obligaba a emparejarse a su guía. Los que se topaban con ellas debían dejarles espacio libre para pasar, así de fuerte era su pujanza, eso por una parte y por la otra, que la dirigente en cada movimiento, dejaba ver un grueso palo que no dudaría en utilizar contra cualquier ente que se atravesara en su camino. Ella era "la loca del palo", según los que le conocían por la zona. Yo nunca la vi usarlo pero no entiendo qué otra finalidad le daría, si no la defensa personal.
viernes, 16 de octubre de 2009
jueves, 16 de abril de 2009
Julio Cortázar, tan atinado
Leí esto y recordé lo mucho que me gusta tu boca.
"Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja." De Rayuela.
"Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja." De Rayuela.
martes, 14 de abril de 2009
Slumdog Millionaire
Cuando estaba viendo la película, me dio la impresión en varias ocasiones que estaba viendo "Ciudad de Dios" en la India; coincidían en 1, 2, 3 y más... veces, lo que hizo que se cayeran todas las expectativas que me había hecho para ver la nueva película de Danny Boyle. Y eso que respeto mucho al director, ya que primero me hice fan de "Trainspotting" y me convencí con "Millions", después. Pero honestamente, no logra superar la historia de Fernando Meirelles, ni modo. Será que la vi primero, no sé, pero ni por la dulce historia de amor, ni por la fotografía, ni por el bailecito del final, ni por otras tantas cosas, cambio a Zé Pequeño por Salim. Yo me quedo con las favelas de Rio, aunque no dejo de recomendar que vayan a ver cómo un niño indú llega a ser la esperanza de todos los que desean estar en su lugar, al convertirse en millonario. Porque también nosotros más de alguna vez nos hemos preguntado ¿A qué le tiras cuando sueñas mexicano?
martes, 31 de marzo de 2009
Tú no tienes la culpa, mi amor, que el mundo sea tan feo
Yo ya no entendí. Si lo que hizo Manu Chao en su última visita a México (calificar lo ocurrido en San Salvador, Atenco como "Terrorismo de Estado", escribir una carta en la que se solidariza con las víctimas, pedir la liberación de los presos políticos, todo eso en rueda de prensa) fue considerado como querer entrometerse en la política mexicana y violar deliberadamente el art. 33 en el que dice que ningún extranjero podrá inmiscuirse en asuntos políticos internos, a tal grado de verificar si la visa con la que entró al país era de turista o de trabajo, para saber si tenía derecho de andar dando conciertos no contemplados en Guadalajara y así poder deportarlo con una excusa "legal"; entonces, que alguien me explique si la intención de Peter Gabriel -un par de días después del zafarrancho contra el francesito- no fue la misma (ser el delegado principal para una audiencia con el Presidente de la República, en la que le externó su indignación por la poca movilización de las autoridades mexicanas para resolver los casos de "Las Muertas de Juárez", entregando una carta en la que se solidariza con las víctimas y exige la solución inmediata, con lo que logró que Calderón se comprometiera a retomar los casos y no dejar en el olvido el sufrimiento de las familias de las víctimas).
Quizá mi confusión se deba a que de política sé muy poco y que a Felipe le gustaba bailar "Shaking the tree", y tal vez enamoró a Margarita con "In your eyes", así que recibir al inglés en Los Pinos le recordó sus buenos tiempos escuchando a Genesis y le importan muy poco las "Lágrimas de oro", mucho menos "The King of the Bongo" y no conoció nunca Mano Negra, quizá sea eso; pero no es que yo crea que la política mexicana es asquerosamente contradictora. No, eso nunca.
Quizá mi confusión se deba a que de política sé muy poco y que a Felipe le gustaba bailar "Shaking the tree", y tal vez enamoró a Margarita con "In your eyes", así que recibir al inglés en Los Pinos le recordó sus buenos tiempos escuchando a Genesis y le importan muy poco las "Lágrimas de oro", mucho menos "The King of the Bongo" y no conoció nunca Mano Negra, quizá sea eso; pero no es que yo crea que la política mexicana es asquerosamente contradictora. No, eso nunca.
jueves, 5 de marzo de 2009
No me hallé
"Hay días en los que uno, simplemente, no encaja" Estoy totalmente de acuerdo con las palabras de mi querido Economista Políglota porque hoy, yo no encajé. Me la pasé en un aburrimiento absoluto, de un pésimo humor y con una ansiedad que me provocó un continuo ir y venir a la cocina para buscar cualquier cosa que pudiera zamparme. Ninguna de mis actividades rutinarias matinales mejoraron mi estado; ni un libro, ni una música, ni la computadora, ni la televisión, nada surtió efecto.
¿Serán mis nervios alterados al pensarme mañana en el suplicio dental que se me tiene reservado, debido a la curiosidad que tuvieron mis muelas del juicio en empezar a explorar estrafalariamente lo que había más allá de la encía; serán simplemente los habituales subeybajas de mis hormonas?
¿Serán mis nervios alterados al pensarme mañana en el suplicio dental que se me tiene reservado, debido a la curiosidad que tuvieron mis muelas del juicio en empezar a explorar estrafalariamente lo que había más allá de la encía; serán simplemente los habituales subeybajas de mis hormonas?
martes, 24 de febrero de 2009
¿Cuándo voy a entender?
¡Qué no! Que lo amigos no son para siempre. Que son sólo temporales y circunstanciales. Que nunca volverá a ser como antes. ¡Qué no! Que ella sólo vino a un compromiso social-familiar. Que no importa que no te haya hablado. Que el fin de semana no le alcanzó para caminar 2 cuadras. ¡Que no! Que ya no es la misma, que ahora se la pasa trabajando, que ya no puede perder el tiempo, que es una alta ejecutiva. ¡Qué no! Que ya no se le antoja cenar en casa cuando Pera hace tortillas de harina, que ya no puede ni comer, que su metabolismo ha cambiado. ¡Que no! Que ya no te necesita porque ya no llora por Raúl, que ahora es muy feliz con un tipo "muy listo" que la hace reir. ¡Qué no! Que no tienes que lamentarte por no haberla visto, que no debes echárselo en cara, que siempre pasa lo mismo, que ya deberías estar acostumbrada. ¡Qué no! Que ni le escribas, que su buzón está saturado de mails en cadena y que sólo su secretaria le pasa los recados de los mensajes urgentes. ¡Qué no! Que no le llames que estará en alguna reunión y no podrá contestarte, que ni a su casa, que ahora ya no sabes dónde vive. ¡Qué no! Que ni sabrá de tu indignación, que ni de manera remota se enterará de lo que escribes que ni por equivocación leería este blog.
viernes, 20 de febrero de 2009
Olfato
El sentido que tengo más desarrollado o por lo menos en el que más confío es, sin duda el olfato. Es que el percibir un olor, agradable o no, es un reto automático que me obliga a adivinar ¿a qué huele? Esa pregunta me ronda en la cabeza desde tiempos inmemorables -para mí-, inolvidables para mis papás, ya que reconozco haberlos martirizado al exigirles que me dieran la respuesta exacta cada vez que yo no lograba distinguir un aroma. Tengo muy presente un olor que llegaba a mi nariz infantil en un punto específico de la carretera libre a Guadalajara, que hasta la fecha no logro identificar de dónde proviene: es una mezcla de basurero municipal, smog de algún camión sin verificar y enfado por las largas horas metida en el coche. En cuanto mi nariz lo detectaba, mi boca no podía dejar de preguntar ¿A qué huele? Sé que en cuanto mis papás escuchaban mi pregunta, respiraban hondo, cerraban los ojos para colmarse de paciencia porque la nena ya iba a empezar... La lista de respuestas era interminable e inverosímil, al grado que nunca me daba por satisfecha, entonces mi tono y mi insistencia se convertía en una insoportable cantaleta que terminaba invariablemente en llanto por mi parte, en hartazgo, por la de mis adoradísimos padres. Sí, lo sé, era chillonsísimamente enfadosa. Y aunque parezca increíble, aún recuerdo el olor y no he logrado a ciencia cierta saber lo que es. Esa es una de mis peores experiencias olfativas, es por eso que prefiero tomar las autopistas.
También es la razón por la que detesto ir a hacer trámites burocráticos a eso de las 12 del día, ya que es la hora del desfile de olores de cuanta garnacha se les antoja almorzar a secretarias, jefes y demás funcionarios públicos. A esa hora las multas huelen a gordita, los CURPS se manchan de salsa verde y las actas de nacimiento escurren crema con aguacate. Es inevitable, en cualquier oficina, por más que se oculte, la esencia del antojo sale victoriosa de entre los cajones donde se esconde y me ocasiona un terrible dolor de cabeza. Prefiero los aromas de las 9 de la mañana, cuando todos llegan recién bañados, estilando shampoo y desodorantes, y como nunca falta el vanidoso, alguna que otra loción empalagosa. No se diga de las calles recién mojadas y las oficinas acabadas de trapear.
A causa de a mi naricita he vivido muchos de los peores momentos de mi vida, aunque también me ha deleitado con instantes gloriosos: me ocasionó gratos recuerdos de una agradable visita que tuvo a bien sentarse en mi silla de madera, dejando impregnada su fragancia por el resto de la semana; me sirvió de consuelo al olisquear el cuello de la pjiama rosa de mi Petis, los primeros días que fue a una guardería; es una constante invitación a acurrucarme en su pecho hasta adormilarme; fue el alivio al descubrir que sólo fumaba escondido en la azotea y que no se incendiaba mi cuarto mientras dormía.
El olfato es el que me alerta, me hace voltear, me tranquiliza y hasta me pone de malas. Por eso después de más de 10 días con la nariz tapada, mi cabeza ya no tolera más estar sin mi percepción rutinaria. ¡Ánimas que ya se me quite esta constipación!
También es la razón por la que detesto ir a hacer trámites burocráticos a eso de las 12 del día, ya que es la hora del desfile de olores de cuanta garnacha se les antoja almorzar a secretarias, jefes y demás funcionarios públicos. A esa hora las multas huelen a gordita, los CURPS se manchan de salsa verde y las actas de nacimiento escurren crema con aguacate. Es inevitable, en cualquier oficina, por más que se oculte, la esencia del antojo sale victoriosa de entre los cajones donde se esconde y me ocasiona un terrible dolor de cabeza. Prefiero los aromas de las 9 de la mañana, cuando todos llegan recién bañados, estilando shampoo y desodorantes, y como nunca falta el vanidoso, alguna que otra loción empalagosa. No se diga de las calles recién mojadas y las oficinas acabadas de trapear.
A causa de a mi naricita he vivido muchos de los peores momentos de mi vida, aunque también me ha deleitado con instantes gloriosos: me ocasionó gratos recuerdos de una agradable visita que tuvo a bien sentarse en mi silla de madera, dejando impregnada su fragancia por el resto de la semana; me sirvió de consuelo al olisquear el cuello de la pjiama rosa de mi Petis, los primeros días que fue a una guardería; es una constante invitación a acurrucarme en su pecho hasta adormilarme; fue el alivio al descubrir que sólo fumaba escondido en la azotea y que no se incendiaba mi cuarto mientras dormía.
El olfato es el que me alerta, me hace voltear, me tranquiliza y hasta me pone de malas. Por eso después de más de 10 días con la nariz tapada, mi cabeza ya no tolera más estar sin mi percepción rutinaria. ¡Ánimas que ya se me quite esta constipación!
miércoles, 4 de febrero de 2009
Oficios
Hace unos días desayuné con mi amiga La Versátil; ¡ahora lee el Tarot! En los cortos 3 años que llevo de conocerla, ha pasado desde estudiante, a administradora, a repostera, a masajista, a vendedora y ahora, a inventora de esperanzas.
Yo, que desde los 4 años aprendí a leer y escribir -y a agarrar el lápiz de una manera muy retorcida, todo gracias a Ros- ¡no sé hacer otra cosa! 1 de 2, eso es tener el oficio bien arraigado, o reconocer que soy una verdadera inútil.
Yo, que desde los 4 años aprendí a leer y escribir -y a agarrar el lápiz de una manera muy retorcida, todo gracias a Ros- ¡no sé hacer otra cosa! 1 de 2, eso es tener el oficio bien arraigado, o reconocer que soy una verdadera inútil.
lunes, 19 de enero de 2009
¿Cómo te llamas?
No sé porqué cada vez que digo mi nombre no falta quien quiera hacerse el simpático agregando un "ingenioso" comentario, sin saber que cae en los mismos chistes trillados de siempre. El que los dice no lo sabe, ingenuamente cree en su "originalidad" pero yo, que llevo toda mi vida escuchándolos, termino por fingir una sonrisa levantando las cejas. No es que mi nombre sea fuera de lo común o cause gracia, tampoco es motivo de noticia por haber encontrado en el registro civil alguien que se llame así. Es un nombre ordinario que generalmente provoca halagos, sin embargo, no es tan habitual como se esperaría.
Las bromas han ido evolucionando con el paso del tiempo pero iniciaron desde que apenas comenzaba a hablar. A mis primeros años, al oír ¿cómo te llamas?, contestaba educadamente, de inmediato y con mucha seguridad: Teta Nos Ta, que corresponde a la terminación de mi nombre y mis 2 apellidos; por supuesto, para hacerme desatinar, mi interlocutor decía "¿cómo que no'stá?, si yo la estoy viendo". Yo insistía con esas 4 sílabas, diciendo que así me llamaba, queriendo explicarle, sin saber cómo, que lo que decía no tenía qué ver con mi presencia. Después de repetir un par de veces el diálogo, el preguntón se despedía entre risitas juguetonas diciendo que era una niña muy linda, yo terminaba renegando y seguramente, chillando.
Años más adelante, el comentario automático después de decir mi nombre, fue: "¿y ya encontraste a tu Romeo?" ¡Ese nunca ha faltado! Poniendo cara de ingenuidad, al principio decía que todavía no. Y cuando lo encontré, para cortar la bromita, decía: "Sí, pero se llama Ramón", que en efecto, ese es su segundo nombre.
Ahora, la broma se ha hecho más contemporánea, Shakespeare (aunque sea un clásico) ya no es el primer referente en que la gente piensa. Ahora, cuando no digo mi apellido, ellos me lo agregan: "¿Venegas?" Y empiezan a pedirme que cante, o que saque el acordeón.
Muchas otras veces, concluyen que mis papás deben ser muy románticos por decidirse a nombrarme así, cuando les explico que sólo se les ocurrió por el mes en que nací, pareciera que rompo automáticamente su ilusión de romanticismo, aunque eso les da rienda suelta para empezar a imaginar cómo podría haberme llamado si hubiera nacido en marzo, abril, noviembre, etc.
En fin, me siento feliz con mi nombre y hasta con orgullo lo porto. Estoy resignada a soportar las ocurrencias de quienes me conocen, e inconcientemente debo disfrutarlas porque pareciera que hasta las provoco, ya que cuando van más allá de saber cómo me llamó y preguntan qué estudié, la listita de comentarios jocosos va en aumento... pero esos los dejamos para otra mejor ocasión.
Las bromas han ido evolucionando con el paso del tiempo pero iniciaron desde que apenas comenzaba a hablar. A mis primeros años, al oír ¿cómo te llamas?, contestaba educadamente, de inmediato y con mucha seguridad: Teta Nos Ta, que corresponde a la terminación de mi nombre y mis 2 apellidos; por supuesto, para hacerme desatinar, mi interlocutor decía "¿cómo que no'stá?, si yo la estoy viendo". Yo insistía con esas 4 sílabas, diciendo que así me llamaba, queriendo explicarle, sin saber cómo, que lo que decía no tenía qué ver con mi presencia. Después de repetir un par de veces el diálogo, el preguntón se despedía entre risitas juguetonas diciendo que era una niña muy linda, yo terminaba renegando y seguramente, chillando.
Años más adelante, el comentario automático después de decir mi nombre, fue: "¿y ya encontraste a tu Romeo?" ¡Ese nunca ha faltado! Poniendo cara de ingenuidad, al principio decía que todavía no. Y cuando lo encontré, para cortar la bromita, decía: "Sí, pero se llama Ramón", que en efecto, ese es su segundo nombre.
Ahora, la broma se ha hecho más contemporánea, Shakespeare (aunque sea un clásico) ya no es el primer referente en que la gente piensa. Ahora, cuando no digo mi apellido, ellos me lo agregan: "¿Venegas?" Y empiezan a pedirme que cante, o que saque el acordeón.
Muchas otras veces, concluyen que mis papás deben ser muy románticos por decidirse a nombrarme así, cuando les explico que sólo se les ocurrió por el mes en que nací, pareciera que rompo automáticamente su ilusión de romanticismo, aunque eso les da rienda suelta para empezar a imaginar cómo podría haberme llamado si hubiera nacido en marzo, abril, noviembre, etc.
En fin, me siento feliz con mi nombre y hasta con orgullo lo porto. Estoy resignada a soportar las ocurrencias de quienes me conocen, e inconcientemente debo disfrutarlas porque pareciera que hasta las provoco, ya que cuando van más allá de saber cómo me llamó y preguntan qué estudié, la listita de comentarios jocosos va en aumento... pero esos los dejamos para otra mejor ocasión.
viernes, 16 de enero de 2009
La ensoñación: el más íntimo placer
Cuando se dio cuenta de que el que dormía a su lado ya no soñaba con ella, lloró noches enteras viéndolo descansar, preguntándose por cuál rendija había salido expulsada su presencia; algunas veces lo veía suspirar complacido, lo que aumentaba su desdicha; en otras, la rapidez de su movimiento ocular la alteraba tanto que terminaba despertándolo a empujones, disimulados con impulsos nocturnos del inconsciente; hubo ocasiones en que intentó cortarle la respiración para que dejara de soñar para siempre, nunca tuvo el valor suficiente. Sumida en la tristeza no le importaba por qué la habían despojado del lugar en el que se había alojado por más de una quincena de años, sino por quién había sido remplazada.
Comenzó a buscar evidencias y las encontró. Él despertaba de mejor humor cada mañana, ella sabía que no la echaba de menos en sus fantasías oníricas. Ella buscaba el reflejo de su infidelidad en sus ojos, él no era capaz de sostenerle la mirada.
Su depresión se transformó en odio cuando el soñador comenzó a emitir sonidos, al principio incomprensibles, después mascullando palabras sueltas, hasta terminar con pequeños discursos. Ella tenía ya el ansiado nombre pero conocía aventuras a medias, acercamientos truncados, satisfacciones incompletas; día a día codiciaba con asco el capítulo siguiente, que tardaba cada vez más en presentarse.
Se enteró que si durante la segunda mitad de la noche se le pregunta cualquier cosa al que tiende a soñar en voz alta se puede llegar a provocar el somniloquio. Aprovechó la primera oportunidad que se le presentó, no fue fácil lograrlo. ¡El muy boquisuelta resultó ser introvertido! Lo intentó en repetidas ocasiones sin ningún resultado, su silencio era martirizante; habría querido despertarlo de una bofetada para preguntarle sin rodeos qué soñaba, sacudirlo de los hombros hasta que confesara sus secretos de ensoñación pero habría sido inútil, la brusquedad hubiera borrado todo indicio de recuerdo y ella no estaba para dar besos tiernos al bello durmiente. No le quedaba más que conformarse con las frases cortas poco inteligibles que el fantasioso le restregaba en las orejas.
Una noche se dio, así, sin forcejeos; no solamente hablaba para él mismo, sino que contestaba con tal lucidez que ella creyó que estaba fingiendo, sin embargo no perdió el tiempo confirmando si era un engaño, no podía desatender la perorata. Fue la actuación de gala del hablante nocturno: él lo confesó todo.
Ya entrada la madrugada, él despertó fatigado con la boca reseca, culpó al frío y la sequedad del ambiente por haberle hecho dormir con la boca abierta, incluso largos ronquidos, aseguró. La vio tendida a su lado, le conmovió que estuviera dormida tan satisfactoriamente; hacía algunos meses que sospechaba de un insomnio negado con insistencia pero evidenciado por oscuras y profundas ojeras. Él la observó con atención, su pasividad le comenzó a incomodar, desconfió de tanto deleite. Esa felicidad sólo podía ser producida por un sueño en el que evidentemente, él se supo ausente.
Comenzó a buscar evidencias y las encontró. Él despertaba de mejor humor cada mañana, ella sabía que no la echaba de menos en sus fantasías oníricas. Ella buscaba el reflejo de su infidelidad en sus ojos, él no era capaz de sostenerle la mirada.
Su depresión se transformó en odio cuando el soñador comenzó a emitir sonidos, al principio incomprensibles, después mascullando palabras sueltas, hasta terminar con pequeños discursos. Ella tenía ya el ansiado nombre pero conocía aventuras a medias, acercamientos truncados, satisfacciones incompletas; día a día codiciaba con asco el capítulo siguiente, que tardaba cada vez más en presentarse.
Se enteró que si durante la segunda mitad de la noche se le pregunta cualquier cosa al que tiende a soñar en voz alta se puede llegar a provocar el somniloquio. Aprovechó la primera oportunidad que se le presentó, no fue fácil lograrlo. ¡El muy boquisuelta resultó ser introvertido! Lo intentó en repetidas ocasiones sin ningún resultado, su silencio era martirizante; habría querido despertarlo de una bofetada para preguntarle sin rodeos qué soñaba, sacudirlo de los hombros hasta que confesara sus secretos de ensoñación pero habría sido inútil, la brusquedad hubiera borrado todo indicio de recuerdo y ella no estaba para dar besos tiernos al bello durmiente. No le quedaba más que conformarse con las frases cortas poco inteligibles que el fantasioso le restregaba en las orejas.
Una noche se dio, así, sin forcejeos; no solamente hablaba para él mismo, sino que contestaba con tal lucidez que ella creyó que estaba fingiendo, sin embargo no perdió el tiempo confirmando si era un engaño, no podía desatender la perorata. Fue la actuación de gala del hablante nocturno: él lo confesó todo.
Ya entrada la madrugada, él despertó fatigado con la boca reseca, culpó al frío y la sequedad del ambiente por haberle hecho dormir con la boca abierta, incluso largos ronquidos, aseguró. La vio tendida a su lado, le conmovió que estuviera dormida tan satisfactoriamente; hacía algunos meses que sospechaba de un insomnio negado con insistencia pero evidenciado por oscuras y profundas ojeras. Él la observó con atención, su pasividad le comenzó a incomodar, desconfió de tanto deleite. Esa felicidad sólo podía ser producida por un sueño en el que evidentemente, él se supo ausente.
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