martes, 8 de diciembre de 2009
¿Qué hay detrás de las puertas de junto? II
Al llegar a mi segunda ciudad adoptiva, de pronto me vi instalada en una -muy alargada y angosta- céntrica privada de departamentos viejos. Y para variar, los especímenes, digamos, poco comunes no faltaron. A mí me correspondía el depto. marcado con el número 5, aunque en realidad era el sexto en la fila, ya que el conteo de las viviendas comenzaba con un enigmático cero, donde habitaba una misteriosa familia conformada por una pareja, ya un tanto mayor; un joven que resultaba ser hijo de la mujer, mas no de su hombre, por lo menos no de ése; un adolescente de una exagerada delgadez y la madre del chico, -hermana de la señora de la casa-, aunque había la posibilidad que estos últimos sólo pernoctaban en el lugar cuando era demasiado tarde para irse a su propio hogar, en caso de que lo hubieran tenido; y además, un perro. En el transcurso de los 5 años que viví en ese domicilio, fui testigo del empeoramiento de la salud, tanto mental como física, de la mujer mayor. A ella le gustaba conocer a los vecinos, más de alguna vez me visitó, pero no eran vistas de cordialidad, sino de saqueo. Hasta que me vi obligada a negarle cualquier préstamo del teléfono, alguna verdura de mi refrigerador y ni se diga, billetes de mi bolsillo, por lo abusiva que estaba resultando la señora. Al principio, sospechaba de un desorden mental en su cabeza porque sus pláticas no eran del todo coherentes, pero la disculpaba por la edad o porque simplemente fuera distraída. Con el tiempo confirmé que algo no muy sano pasaba por su mente, cada vez la veía más sucia, más temblorosa y más temerosa de su marido, que no le permitía salir en su ausencia, ¡quién sabe qué mañas le conocía para evitar que las anduviera esparciendo por la colonia! La verdad es que después, su urgencia era conseguir dinero, con quien fuera y como fuera. A mí llegó a ofrecerme carpetitas tejidas amarillentas y olorosas a neftalina, haciendolas pasar por recien hechecitas, como salidas del horno.
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