Estaba de vacaciones. Necesitaba leer algo que me alejara por un momento de las teorías lingüísticas. Buscaba una ficción que cumpliera solo con dos características: rápida lectura y nula exigencia mental. Por recomendación del que duerme a mi lado, le di la oportunidad a uno de los nuevos volúmenes que se integraron a la biblioteca de la casa -gracias a los impersonales intercambios de regalos de oficina-, el primer volumen de la trilogía Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres. Cumplió por completo con lo que buscaba para el momento.Sin embargo, me recordó que me disgustan las novelas exhaustivas, por eso no me gustan las obras de Pérez-Reverte; que me molesta que se den pistas falsas al lector, por eso abanoné en la tercera página el primer volumen de Harry Potter y que considero un abuso tener más de un protagonista con las mismas características excepcionales, por eso me gustan las películas de Tin Tán, porque Marcelo jamás apareció bailando vestido de pachuco.
Me dio la impresión de que fue concebida como una novela para ser convertida en película en automático, ya que el largometraje de David Lynch es una propuesta bastante aceptable, aderezada con un extraordinario soundtrack. De seguro, el film sueco es también recomendable.
Tener este libro en mis manos fue simplemente un buen pretexto para conocer la torcida violencia de la literatura sueca que ha proliferado en forma de novelas policíacas y tratar de imaginar la inverosímil crudeza de las bajísimas temperauras en Suecia, que hacen a su gente encerrarse por días enteros y tomar café como agua de uso.
Pero aplaudo de pie que Stieg Larsson, su autor, haga que personas sin el hábito de la lectura piquen el señuelo del morbo y se devoren las más de 600 páginas, casi sin darse cuenta.