viernes, 16 de enero de 2009

La ensoñación: el más íntimo placer

Cuando se dio cuenta de que el que dormía a su lado ya no soñaba con ella, lloró noches enteras viéndolo descansar, preguntándose por cuál rendija había salido expulsada su presencia; algunas veces lo veía suspirar complacido, lo que aumentaba su desdicha; en otras, la rapidez de su movimiento ocular la alteraba tanto que terminaba despertándolo a empujones, disimulados con impulsos nocturnos del inconsciente; hubo ocasiones en que intentó cortarle la respiración para que dejara de soñar para siempre, nunca tuvo el valor suficiente. Sumida en la tristeza no le importaba por qué la habían despojado del lugar en el que se había alojado por más de una quincena de años, sino por quién había sido remplazada.

Comenzó a buscar evidencias y las encontró. Él despertaba de mejor humor cada mañana, ella sabía que no la echaba de menos en sus fantasías oníricas. Ella buscaba el reflejo de su infidelidad en sus ojos, él no era capaz de sostenerle la mirada.

Su depresión se transformó en odio cuando el soñador comenzó a emitir sonidos, al principio incomprensibles, después mascullando palabras sueltas, hasta terminar con pequeños discursos. Ella tenía ya el ansiado nombre pero conocía aventuras a medias, acercamientos truncados, satisfacciones incompletas; día a día codiciaba con asco el capítulo siguiente, que tardaba cada vez más en presentarse.

Se enteró que si durante la segunda mitad de la noche se le pregunta cualquier cosa al que tiende a soñar en voz alta se puede llegar a provocar el somniloquio. Aprovechó la primera oportunidad que se le presentó, no fue fácil lograrlo. ¡El muy boquisuelta resultó ser introvertido! Lo intentó en repetidas ocasiones sin ningún resultado, su silencio era martirizante; habría querido despertarlo de una bofetada para preguntarle sin rodeos qué soñaba, sacudirlo de los hombros hasta que confesara sus secretos de ensoñación pero habría sido inútil, la brusquedad hubiera borrado todo indicio de recuerdo y ella no estaba para dar besos tiernos al bello durmiente. No le quedaba más que conformarse con las frases cortas poco inteligibles que el fantasioso le restregaba en las orejas.

Una noche se dio, así, sin forcejeos; no solamente hablaba para él mismo, sino que contestaba con tal lucidez que ella creyó que estaba fingiendo, sin embargo no perdió el tiempo confirmando si era un engaño, no podía desatender la perorata. Fue la actuación de gala del hablante nocturno: él lo confesó todo.

Ya entrada la madrugada, él despertó fatigado con la boca reseca, culpó al frío y la sequedad del ambiente por haberle hecho dormir con la boca abierta, incluso largos ronquidos, aseguró. La vio tendida a su lado, le conmovió que estuviera dormida tan satisfactoriamente; hacía algunos meses que sospechaba de un insomnio negado con insistencia pero evidenciado por oscuras y profundas ojeras. Él la observó con atención, su pasividad le comenzó a incomodar, desconfió de tanto deleite. Esa felicidad sólo podía ser producida por un sueño en el que evidentemente, él se supo ausente.

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