A lo largo de las mudanzas, me he encontrado de pronto instalada al lado de vecinos que se han caracterizado por su peculiaridad. Durante mis primeros 17 años, viví junto a un energúmeno que su dinero y sus muy frecuentes borracheras le daban el valor de sacar el rifle de sus cacerías para correr a los infantes que osabamos pisar un lote frente a su casa convertido en un tentador jardín, accesible a cualquier peatón. Nunca pasó de la corretiza, de menos de una cuadra, a grito abierto, de los valientes, prevenidos por la hada Celia que se adelantaba a avisar a los intrusos que su patrón ya estaba poniéndose los zapatos, que ya estaba bajando las escaleras, que ya estaba buscando las llaves, que ya estaba abriendo la puerta, que ya estaba ahí para darnos de plomazos.
Un par de años después, cuando por primera vez viví sola, una adorable vecina, maestra de primaria jubilada, con una espléndida memoria pero con vista y oído en decadencia, pasaba las tardes en su reja enfocando con un pequeño orificio que su mano casi empuñada formaba, impidiendo así que la abundancia de luz exterior le obstaculizara la visión. Estaba siempre de pie, frente a mi casa, enfocando. Yo me preguntaba qué tanto podía observar hacia mi solitaria cochera y mi terregosa jardinera vacía, hasta que un día, tocó a mi puerta para avisarme que la basura pasaba todas las mañana como a eso de las 11 -información que yo ya conocía y que procuraba diariamente tomar en cuenta-. Ese día, al agradecerle su amabilidad, le di pie para que me llamara cada vez que me veía salir de casa para invitarme a platicar con ella. Le gustaba recitarme los poemas que hacía que aprendieran sus alumnos para festejar los 10 de mayo, homenajear a la bandera o recordar cualquiera de las más inverosímiles efemérides que insisten en celebrar en las escuelas con un flamante acto cívico. También insistía en hacerme quedar en ridículo presumiéndome que podía recitar las tablas del 13, del 14 y alguna vez hasta la del 17, con impresionante rapidez y exactitud. Ella me insistía en que pasara a saludarla con frecuencia ya que le preocupaba que una jovencita estuviera sola en una casa tan insegura, lo que para mí era un reflejo de su anhelo de tener un receptor de las vivencias de sus años en servicio. Quizá ambas negabamos nuestra necesidad de compañía y nos culpábamos una a la otra de necesitarnos para pasar unas horas platicando de vez en cuando. Un par de años después de dejar esa casa, la encontré sentada en el puesto de cocos de su compadre, cerca de la Prepa 1, en el Centro. Ella ya llevaba un buen rato de haberse cambiado de domicilio, gracias a que su único hijo -adoptivo, por cierto- había vendido su casa y la había depositado "de mientras" en el departamento de su nieta mayor, para dizque esperar que le entregaran una monada de casita que le había comprado a cambio de ese hogar que ella y su marido habían formado. Tiempo después, la volví a ver, en el mismo puesto, con el mismo compadre y quién sabe si hasta con los mismos cocos, pero me confesó que su nieta le había pedido que buscara otro lugar dónde vivir porque sus horarios no coincidían y eso le causaba muchos problemas. A la pobre vieja no le quedó más que pedirle al compadre de los cocos que le diera asilo en su casa, además de que ya la había aceptado de compañía durante el día, mientras ella mataba las horas sin quehacer esperando que su "amorosa" nieta la recogiera al salir de su trabajo. Después, ya no volví a ver el puesto.
Más adelante, en otra mudanza, llegué a una casona vieja, que de tan grande, había sido separada formando así una especie de vecindad de pocos inquilinos: una señora con su hija adolescente, un par de hermanos solterones y nosotros, mi hermanito y yo, que en ese entonces habíamos decidido emanciparnos de nuestra anterior room mate -que merece una mención aparte-. Nuestra parte era la que tenía mayor frente, dos plantas y un patio rodeado de una que otra habitación; del balcón de las recámaras -piezas, les llamarían los originales dueños- se veía el trajín de nuestros vecinos. Al hermano varón lo encontrábamos siempre sentado al pie de nuestra entrada, en unos escalones pequeñitos, que no se daban a vasto para su volumen, había ocasiones en que teníamos que brincarle un brazo, una pierna o ambos, para poder entrar a la casa. Tenía, al igual que su hermana, un problema de lenguaje, por lo que en el barrio los llamaban "los muditos". Era un tanto irónico porque era un par al que no le paraba la boca, aunque sólo se les entendiera una tercera parte de lo que decían. Ellos ocupaban la parte más pequeña de la casa, en una planta baja, después de un largo, angosto y obscuro pasillo que desembocaba en tres cuartitos, comunicados entre sí. La planta alta de esa parte de la residencia la ocupaba una señora y su hija, la peculiaridad de ellas es que la primera salía; la segunda, no, a menos que fuera por órdenes de su madre y siempre con ella. La menor aprovechaba sus pocas salidas para arreglarse, (quizá más de la cuenta) para lucir bella, (quizá un tanto exagerada), hasta rayar en lo absurdo con ese maquillaje exagerado, accesorios sobrados y moda extrañamente dispar. La mayor, en su papel de protectora, caminaba adelante de la hija, con una postura rígida, decidida y una expresión amenazante. Andaban ambas a un paso firme y rápido, la de atrás con un poco más de soltura, que disimulaba cuando una esquina la obligaba a emparejarse a su guía. Los que se topaban con ellas debían dejarles espacio libre para pasar, así de fuerte era su pujanza, eso por una parte y por la otra, que la dirigente en cada movimiento, dejaba ver un grueso palo que no dudaría en utilizar contra cualquier ente que se atravesara en su camino. Ella era "la loca del palo", según los que le conocían por la zona. Yo nunca la vi usarlo pero no entiendo qué otra finalidad le daría, si no la defensa personal.
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