El sentido que tengo más desarrollado o por lo menos en el que más confío es, sin duda el olfato. Es que el percibir un olor, agradable o no, es un reto automático que me obliga a adivinar ¿a qué huele? Esa pregunta me ronda en la cabeza desde tiempos inmemorables -para mí-, inolvidables para mis papás, ya que reconozco haberlos martirizado al exigirles que me dieran la respuesta exacta cada vez que yo no lograba distinguir un aroma. Tengo muy presente un olor que llegaba a mi nariz infantil en un punto específico de la carretera libre a Guadalajara, que hasta la fecha no logro identificar de dónde proviene: es una mezcla de basurero municipal, smog de algún camión sin verificar y enfado por las largas horas metida en el coche. En cuanto mi nariz lo detectaba, mi boca no podía dejar de preguntar ¿A qué huele? Sé que en cuanto mis papás escuchaban mi pregunta, respiraban hondo, cerraban los ojos para colmarse de paciencia porque la nena ya iba a empezar... La lista de respuestas era interminable e inverosímil, al grado que nunca me daba por satisfecha, entonces mi tono y mi insistencia se convertía en una insoportable cantaleta que terminaba invariablemente en llanto por mi parte, en hartazgo, por la de mis adoradísimos padres. Sí, lo sé, era chillonsísimamente enfadosa. Y aunque parezca increíble, aún recuerdo el olor y no he logrado a ciencia cierta saber lo que es. Esa es una de mis peores experiencias olfativas, es por eso que prefiero tomar las autopistas.
También es la razón por la que detesto ir a hacer trámites burocráticos a eso de las 12 del día, ya que es la hora del desfile de olores de cuanta garnacha se les antoja almorzar a secretarias, jefes y demás funcionarios públicos. A esa hora las multas huelen a gordita, los CURPS se manchan de salsa verde y las actas de nacimiento escurren crema con aguacate. Es inevitable, en cualquier oficina, por más que se oculte, la esencia del antojo sale victoriosa de entre los cajones donde se esconde y me ocasiona un terrible dolor de cabeza. Prefiero los aromas de las 9 de la mañana, cuando todos llegan recién bañados, estilando shampoo y desodorantes, y como nunca falta el vanidoso, alguna que otra loción empalagosa. No se diga de las calles recién mojadas y las oficinas acabadas de trapear.
A causa de a mi naricita he vivido muchos de los peores momentos de mi vida, aunque también me ha deleitado con instantes gloriosos: me ocasionó gratos recuerdos de una agradable visita que tuvo a bien sentarse en mi silla de madera, dejando impregnada su fragancia por el resto de la semana; me sirvió de consuelo al olisquear el cuello de la pjiama rosa de mi Petis, los primeros días que fue a una guardería; es una constante invitación a acurrucarme en su pecho hasta adormilarme; fue el alivio al descubrir que sólo fumaba escondido en la azotea y que no se incendiaba mi cuarto mientras dormía.
El olfato es el que me alerta, me hace voltear, me tranquiliza y hasta me pone de malas. Por eso después de más de 10 días con la nariz tapada, mi cabeza ya no tolera más estar sin mi percepción rutinaria. ¡Ánimas que ya se me quite esta constipación!
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