A pesar de tener la costumbre de caminar observando del piso a no más arriba de la altura de mis ojos, no suelo encontrar cosas llamativas a mi paso, quizá por mi baja capacidad de búsqueda ocular o por mi pérdida de asombro con los objetos triviales. Pero esa vez fue distinto, en esta tierra donde el panorama vegetativo se reduce a nopales, huizaches y tristísimos sauces llorones, no podían pasar desapercibidas esas pequeñísimas lanceoladas semillas secas, tratando de subsistir en el lodo, que según Pera, son los aretitos que sirven para distinguir a los árboles femeninos de los masculinos. Entonces, de inmediato subí la mirada con la convicción y la gran sorpresa de que en ese lugar había un fresno; en automático, esas figuritas puntiagudas me trasladaron, varios años atrás, a un patio de Gladiola #58, donde crecía sin miramientos el árbol más frondoso de la casa, muy a pesar de las tantas discusiones que causaban sus interminables hojas caídas en el otoño esperando ser barridas diariamente, sus largas ramas invadiendo el pulcrísimo jardín del vecino y las gruesas raíces que nunca han dejado apresarse por ningún tipo de piso. Con más de 32 años de vida, sigue ahí, haciendo de la temperatura de la casa un paraíso en verano aunque un suplicio en invierno. Es muy probable que las paredes que lo encuadran se desgasten, incluso desaparezcan porque bien lo advirtió el que lo plantó: "A ese árbol nadie lo tumba".
martes, 8 de julio de 2008
Como las magdalenas de Proust
A pesar de tener la costumbre de caminar observando del piso a no más arriba de la altura de mis ojos, no suelo encontrar cosas llamativas a mi paso, quizá por mi baja capacidad de búsqueda ocular o por mi pérdida de asombro con los objetos triviales. Pero esa vez fue distinto, en esta tierra donde el panorama vegetativo se reduce a nopales, huizaches y tristísimos sauces llorones, no podían pasar desapercibidas esas pequeñísimas lanceoladas semillas secas, tratando de subsistir en el lodo, que según Pera, son los aretitos que sirven para distinguir a los árboles femeninos de los masculinos. Entonces, de inmediato subí la mirada con la convicción y la gran sorpresa de que en ese lugar había un fresno; en automático, esas figuritas puntiagudas me trasladaron, varios años atrás, a un patio de Gladiola #58, donde crecía sin miramientos el árbol más frondoso de la casa, muy a pesar de las tantas discusiones que causaban sus interminables hojas caídas en el otoño esperando ser barridas diariamente, sus largas ramas invadiendo el pulcrísimo jardín del vecino y las gruesas raíces que nunca han dejado apresarse por ningún tipo de piso. Con más de 32 años de vida, sigue ahí, haciendo de la temperatura de la casa un paraíso en verano aunque un suplicio en invierno. Es muy probable que las paredes que lo encuadran se desgasten, incluso desaparezcan porque bien lo advirtió el que lo plantó: "A ese árbol nadie lo tumba".
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