viernes, 14 de mayo de 2010

Aves de paraíso perdido

Hay algunos que dicen sentir mariposas en el estómago; yo no.

Mi cuerpo solía ser la jaula donde habitaban múltiples aves marinas conjuntadas en una parvada exploradora, inquietas criaturas aladas en búsqueda de nuevas rutas. Las más orientadas detectaban la luminosidad de un faro como indicador del camino, para guiar a sus compañeras. Juntas emanaban una fuerza incontrolable, la energía suficiente para levantarme en vuelo. Revoloteaban ansiosas y sin conocer el destino, me transportaban, no siempre a puertos seguros; me llevaban a donde el viento las empujara aunque quedaran varadas en alguna península distante, enrolladas entre las gotas de una lluvia aérea, sumergidas en las olas de lo desconocido.

Las señales para emprender el vuelo comenzaban con un suave devaneo, que se intensificaba en mis entrañas hasta expandirse por la piel, rebasando mis contornos. Mis exhalaciones despedían un esencia azulina de olor a sal.

Con el paso del tiempo se fueron inmovilizando, su sentido de ubicación se perdió en algún altercado aterrizaje, las alas se les entumecieron; algunas, empapadas de deseo, debieron haberse escapado por los ojos; otras, se amoldaron entre las rendijas de los barrotes que las obstruían a mi terrestre andar; unas más, perdieron el brío al taponear mis oídos con graznidos de auxilio. Pocas, baten aún sus extremidades para retomar la elevación, ansiosas picotean entre la reja, laceran mis costados. Me lastiman demandantes por un horizonte que las incite al ascenso, aunque el ocaso ya haya ocultado los naranjas más incandescentes. Aún en la penumbra sopla el viento.

1 comentario:

Unknown dijo...

El texto es muy bueno en el sentido de pasar de un extremo emocional al otro. Yo le pondría Decadencia o Aves subversivas... Lo escribiste el día de mi cumpleaños ¿sabes?... Pero recuerda que, siempre, nuestras emociones pasan de un lado a otro como nuestra persona de calle en calle; al final, regresamos por el mismo camino para velevarnos...