Me encontré una mirada perdida en el asiento trasero del coche, voyeurista, ansiosa y evidentemente nostálgica. La escondí como un fetiche de mi descubrimiento mientras me decidía a olvidarla de una buena vez o apropiarmela para siempre. Resolví probarmela sin tapujos, y desde entonces, la uso para recordar la gama de luminosidad colorida de una tarde que se ha ido con el invierno.
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