Conocí a Milroad Pavic por sus Siete pecados capitales (Sexto Piso, 2003). Después del primer relato "La jaula blanca de Túnez en forma de Pagoda" ya le estaba haciendo un lugar en el estante de mis autores favoritos. Es demasiado pronto -pensaba-, los editores se encargan de colocar el mejor texto al inicio para enganchar al incauto lector. ¡Hazte la difícil, no caigas tan pronto!, me repetía constantemente al dar vuelta a las páginas. Llegué a "Té para dos" y sin haber terminado el libro, me declaré su ferviente admiradora. Me entusiasmé al estar frente a un autor serbio que en sus escritos revivía la magia de Cortázar y facilitaba la complejidad borgiana.En ese entonces, él aún vivía, lo que me parecía un gran acierto de su parte ya que su inventiva estaba en plena producción. Lo creí joven, me equivoqué: nació en 1929. Me enteré de su muerte cuando empezaba a leer Segundo cuerpo (Sexto Piso, 2011) y lo lamenté; sólo publicó siete libros.
Haber leído la última novela que escribió bajo la advertencia que el protagonista redactó su historia después de muerto me despertó un gran morbo. Era como si Pavic, sabiendo su próxima muerte, eligiera redactar la historia de su propio segundo cuerpo. El libro le coquetea a la idea de la reencarnación de manera tan sencilla que casi pasa inadvertida la complejidad del tema.
No es un autor de lectura fácil, es una creador de crucigramas literarios que envuelve al lector con personajes, situaciones y artilugios creíblemente inverosímiles. La multiplicidad de historias y tiempos en Segundo cuerpo parecieran piezas sueltas que magistralmente se van convirtiendo -casi sin querer- en un rompecabezas de perfecto embone final.
Mi tarea ahora es pescar el resto de su obra para continuar con la deleitable admiración.
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