lunes, 8 de marzo de 2010

Lo li ta


Lolita se fue, después de una larga lectura, el libro se terminó. Estoy convencida, llegué tarde a esa novela, me hubiera gustado haberla leído sin pensar en la poca distancia que hay entre la edad de Dolores Haze y mi hija. Me hubiera gustado haberla leído sin angustias, sin temores...
A pesar de esos sentimientos encontrados, disfruté las últimas 100 páginas donde descubrí a un ingenioso Nabokov que, -mientras Humbert me hostigaba con su inquietante pensamiento masculino y el abrumador tedio de un viaje en coche por desconocidas carreteras en línea recta- tramaba la intriga de una persecusión incógnita detrás de esos moteles y pueblos de paso donde el narrador me había obligado a instalarme. Es el momento preciso en que el espía, en uno de sus múltiples autos y bajo cualquier seudónimo, me alcanza en la lectura, cuando la historia revira y los personajes me develan descarados más de una faceta, cuando me hacen replantear el cuestionamiento de quién es el verdadero culpable, quién es la víctima real.
No hay un ser totalmente bueno ni completamente malo sólo hay quienes pueden destrozar corazones y otros que pueden destrozar vidas, circunstancias que indican el camino de la conveniencia.

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