Primero, una niña suicida que se esconde detrás de una cámara de video; después, una mujer que ha encontrado su perfecto escondite entre los estantes de sus libros, más adelante una ventana con visillo por la que se traslucen ciertos rasgos de la sutilidad japonesa. Así, poco a poco, El encanto del erizo hizo lo propio y me hechizó.
Los erizos, -que por fuera están llenos de espinas y al interior son bestias refinadas, falsamente solitarias y terriblemente elegantes-, son la analogía coincidente a lo que había pensado hace tiempo atrás sobre los cactus, que ocultan su blando interior detrás de una apariencia agresivamente espinosa. Misma idea, similar imagen. Y así como esta simplicidad, los diálogos en la película son otras tantas reflexiones que confrontan el sentido disfrutable de la vida y la trivialidad de la muerte que animan a seguir las estrellas, a no terminar como un pez en la pecera.
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