jueves, 14 de octubre de 2010

Yo aún le rezo

Mi ángel guardián era modelo '73 y en ausencia de alas, se transportaba en Titanic blanco. Se me apareció una noche bajo un empinado puente con sabios consejos sobre las rutas que me llevarían directamente a pocas cuadras de mi casa. Su barba de 5 días y su camisa acolchada de franela a cuadros me decían que era de fiar, que él era un experto en las vialidades. Y así fue.
Durante los años en que fue mi dulce compañía, me guió por transitadas avenidas y obscuros callejones, me encaminó por atajos irrepetibles y pasadizos laberínticos, siempre con la certeza de hallar la salida emergente.
Nunca, ni de noche ni de día, como buen ángel de la guarda, me desamparó; escuchaba atento mis quejas en el confesionario de Manuel de Mimbela, me protegía ante las impertinencias de cualquier rufián de pupilas dilatadas, las inclemencias pluviales y hasta de las malpasadas madrugadas de cruda.
A su lado pude presenciar el milagro de un crucificado redimido, la severidad de un juicio por un robo, el arrepentimiento de dar la espalda a los amigos a cambio de insultos pueriles, como otras tantas de sus labores de justiciero sin alas.
Por lo general, su pasividad aquietaba las aguas turbias de mis pensamientos, bastaba la sequedad y la ironía de su pronta respuesta para cortar de tajo cualquier simpleza injustificada con la que pretendiera hacerme la mártir. El sarcasmo en su mirada burlona me derrumbaba toda intención de lloriqueo en ciernes.
Sin embargo, esa supuesta rudeza inquebrantable cedía con facilidad ante la insistencia de peinar una maraña de un brazo velludo después de quitarse un suéter, frente a una taza de chocolate caliente en tardes de otoño o muy contínuamente por el antojo de unos dogos con queso panela; así de fácil era provocarle una sonrisa complacida.
Y como sabe que para evitar pérdidas de almas, los ángeles de la guarda no abandonan, ahora éste ha desafiado los cientos de kilómetros que nos separan para seguir junto a mí; se ha modernizado, en esta era cibernética utiliza las tecnologías de vanguardia para mantener comunicación y circula en vehículo motorizado con chamarra de piel, el muy renegado. Maldice la rapidez de los tiempos modernos y sus nuevas obligaciones de protección, amenazando con el retiro.
Como si no lo conociera, como si no añorara él también estirar las piernas en un atardecer en Chapala comiendo charales de dudosa procedencia, mientras hace su chambita, dizque regañándome.

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